domingo, julio 4

Vivimos inmersos en una enraizada creencia que hace de nosotros verdaderos campos de batalla, escenarios individuales de una sorda guerra civil. Esa creencia enfrenta al pensamiento con la emoción como si fueran no sólo opuestos, si no, ademas, excluyentes. Hay personas que se definen a sí mismas como "racionales" y otras que se proclaman "emocionales". Se supone que las primeras son frías y que las guía un meditado cálculo de posibilidades, mientras que las segundas se mueven sobre la base de impulsos e intuiciones. Para llegar a esas categorías los "racionales" suponen haber enjaulado, o directamente eliminado, las imprevisibles y caóticas emociones, en tanto que los "emocionales" creen haberse liberado de los rígidos ordenamientos de la razón. Unos "no se dejan llevar", los otros "se entregan". Los unos sospechan de los otros y viceversa. A la corta o a la larga, ambos transitan la vida con limitaciones.
¿Los diestros logran vencer a su mano izquierda? ¿los zurdos se imponen sobre su mano derecha?. Absurdas preguntas, sin duda, puesto que vivimos en un mundo dotados de ambas manos, que no son opuestas, si no complementarias, como se advierte a la hora de aplaudir, de enhebrar una aguja, de coser un botón, de abrir un frasco, de atarse los zapatos o de tomar entre ambas el rostro de un ser querido. De la misma manera se nos ha concedido la emoción y la razón, el sentimiento y el pensamiento, como componentes indisolubles de nuestro aparato psicoafectivo.
Esto no se elige. La razón y la emoción son complementarias, y pretender disociarlas es una ilusn que nos confunde y empobrece.

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