El público observa hoy un espectáculo cuyo contenido varía, no es lo importante, asiste por obligación, a veces con protagonismo y entusiasmo, otras con indiferencia, sus ubicaciones son distintas, van desde una inmensa platea sin butacas hasta unos pocos pero paquetes palcos, muchos deben mirar desde afuera, a otros se los ignora, están excluidos del espectáculo, en general deslumbrante para los ojos pero vacío de contenido.
Éste espectáculo podría llegar a su última función y comenzar a verse otra obra, la de un mundo donde los objetos hacen más felices y plenos a quienes los usan, en el que lejos e haber marionetas, el público sin ningún tipo de indiferencia, impuesta arbitrariamente, son los actores y protagonistas de la actuación, donde sus escenografías constituyen las escenas de la vida cotidiana, la de los hombres, mujeres y niños, en sus tareas habituales, en sus lugares de recreación y trabajo disfrutando solidariamente de la vida en sociedad en un mundo artificial armónico con la naturaleza.
Una obra donde las imágenes y la información permiten el crecimiento espiritual y pleno de sus destinatarios.
La obra al principio se llamará Utopía, hasta transformarse definitivamente su contexto y poder llamarse Realidad.
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